lunes, 9 de junio de 2014

Telarañas




Ya no recuerda el momento en que por primera vez vio esas finas y plateadas telarañas. Las fue encontrando paulatinamente, de a pedazos, débilmente ligadas a pequeñas cosas. Las descubrió, con el tiempo, también en otros lugares, en más objetos y hasta lo impensable: en las personas.
Normalmente no cree en fenómenos inexplicables por lo que acude rápidamente al oftalmólogo. Pero el diagnostico no ayuda, no hay ninguna falla en sus ojos: están sanos, claros, limpios. Y aun así, las telarañas continúan apareciendo, como una plaga que va invadiendo su mundo.
Se esparcen por todos lados. Sobre los muebles, en los libros, en las bocas que ensayan palabras torpes negándolas y en casi todas la cosas. Aparecen como de la nada y él no acierta a ver la araña; el insecto que se divierte mientras juega a emboscar todo su mundo, para hacerlo caer, para atraparlo. Trata de quitarlas, las amontona, las arranca de las cosas y las arroja con furia pero vuelven a aparecer. Cada vez más fuertes, más absolutas.
Y así, como un iluminado o como un loco, con ese don que primero lo había maravillado pero que después empezó a aterrorizarlo, se fue encerrando cada vez más. Ya no podía caminar por las calles, ni andar mirando a la gente en las peatonales, ni sentarse en un parque sin ver como las telarañas digitaban el mundo. O estar sentado en un café, mirando a través de los cristales casi empañados, una tarde lluviosa, tratando de ignorar los estragos que hacían allí las telarañas, derribando mozos, tirando tazas de café, arruinando diarios que se iban al piso medio mojado por los paraguas chorreantes y quedaban ininteligibles. O allí fuera, mientras la gente corría tratando de guarecerse, y se caía en las esquinas, dándose terribles golpes que disimulaban por la vergüenza y seguían corriendo, mientras los autos chocaban sin entender que no había frenos que interrumpieran los designios de las terribles telarañas.
Fue, paulatinamente, accediendo a menos lugares. Primero, limitándose hasta no salir del barrio, luego del edificio, luego del departamento.
Sin remedio, encerrándose cada vez más y más, hasta el momento de quedar desnudo -porque las telarañas habían tomado ya sus ropas- en un rincón de su habitación, para siempre.
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