jueves, 22 de noviembre de 2012

Solo temen los que están vivos...

                                                   



No tengo miedo de ser

No tengo miedo de ser
No tengo miedo de ser
-ella repite en voz alta-
No tengo miedo de ser
No...

Tengo miedo...

Miedo de ser solo una voz en el viento
el rastro fugaz de esa estrella 
que ahora se apaga
huesos resecos en el desierto
la idea de un loco o un dios cruel
o el sueño de una bestia milenaria
a la que estan matando con espadas y dagas
mientras entonan canciones de guerra.

No tengo miedo de ser

No tengo miedo de ser
-ella repite y se va durmiendo-

lunes, 12 de noviembre de 2012

Ruta 62


Al principio estaban contentos. La ruta significaba no solo progreso, sino unión; pertenecer de una vez por todas al mundo que se encontraba más allá de la pampa. El pueblo celebró con júbilo la noticia de la construcción de la ruta sobre nuestro viejo e histórico camino de ripio. Por un lado la polvareda de los autos que se animaban a la aventura de adentrarse hasta nuestras tierras o al menos a pasar de largo para ir a Ingeniero Prairie, se extinguiría con los primeros trabajos. Por otro lado, una vez terminadas las obras, se estaría a no más de media hora de la capital, lo cual exaltaba a los niños, ocupaba a los adultos y llenaba de una vaga melancolía a los viejos.
Yo fui el único receloso (al menos el único que lo declaro abiertamente) de que nos uniéramos a los demás pueblos, de dejar de ser como una cosa aislada, preservada de los cambios que en esos años se daban con una rapidez atemorizante. No hacía mucho que la televisión había sacado de la calle a los chicos. Los juegos de la plaza mayor cada vez estaban más abandonados y hasta los árboles, sin escaladores que los desafiaran, los arboles más grandes y más viejos de toda la provincia, se secaron el último otoño, como entristecidos y no volvieron a reverdecer nunca más, presagio de un cambio para mal. Entonces, al tiempo llegó lo de la ruta e intuí, en esa apertura de nuestro pueblo al ritmo enloquecido de las ciudades, una premonición de ruina, de inevitable caída, de pérdida de lo seguro y lo sagrado. Ya nunca más estaríamos seguros, ya nunca seriamos de nuevo ese próspero pueblo que no necesitaba de los demás, que resplandecía en una pequeña pero segura economía,  bienestar de ser pocos pero honrados, simples pero efectivos.
Aun así, la ruta se construyó igual y en un par de meses estuvo lista. Cruzaba (como nuestro antiguo camino de ripio, que nunca olvidaré, pues resguardo en mi casa varias piedras en un frasco) al pueblo por la mitad, y por primera vez sentí como una separación de partes, como si una herida profunda y repentina se hubiese abierto en nuestro pueblo. La cicatriz de cemento resplandecía y dibujaba charcos a los lejos bajo el sol de ese septiembre en el que entre bombos y platillos el Intendente junto al Gobernador inauguraron la nueva ruta sesenta y dos, unión de Ingeniero Prairie con la Capital, unión de unos con otros y nosotros en el medio, atravesados por la ruta, sin darnos cuenta del terrible futuro que nos esperaba.
Los primeros días la ruta nos atemorizo un poco. Tomábamos mayores recaudos al cruzar y exhortábamos a los chicos a que miraran bien, muy atentamente a cada lado antes de cruzarla. Los caminos que antes se hacían por dentro del pueblo se fueron sustituyendo por el de la ruta, necesario e inevitable camino ahora. Los menos contentos éramos pocos y tratamos de mantener nuestras costumbres como antes, sin querer casi acercarnos a la ruta. Y en caso de tener que hacerlo lo hacíamos a las apuradas, como temiendo que esa serpiente negra pudiera despertarse y tragarnos de un bocado. Pero eso duró poco, la mayoría se acostumbró a transitarla aunque no tuviera que cruzar al otro lado del pueblo. Salían por sus calles hacia la ruta, la transitaban apenas unos metros y volvían a entrar en el pueblo.
Todos la elogiaban.
Cada día, un elogio más, una nueva pregunta.
¿Cómo habíamos vivido hasta ese entonces sin ella? ¿Cómo sin esa ruta que dormía tranquila, segura de estar cumpliendo su tarea, uniendo dos mundos mientras lentamente destruía otro, pequeño e insignificante?
La catástrofe, el desastre, no ocurrió como yo temía. El mal avanzo reptando, despacio, acechándonos lentamente, para atacar un buen día por sorpresa. Como dije antes, todos al principio vieron beneficios, en realidad beneficios vanos porque solo algunos se aventuraron a ir hacia Prairie o hacia la Capital, volviendo inmediatamente espantados de la locura, de la inmoralidad y del ritmo vertiginoso y cruel en el que se movían orgullosamente por allá. Al menos eso nos infundió orgullo, seguridad de que aunque ya no estábamos tan aislados y con la posibilidad de caer en esos horrores, seguíamos siendo el mismo pueblo tranquilo, sereno al pie de esa pampa casi vacía. Orgullosos de nuestra capacidad de preservarnos del pecado que conllevaba el progreso allí fuera, en el mundo de cemento que se encontraba a no más de una hora de nuestras vidas. ¡Si hubiese sabido, si hubiéramos sabido que al sumarnos a lo cotidiano de estar mejor comunicados abríamos paso a una destrucción, a una separación que nadie quería en realidad pero que fue inevitable!
Pero no lo vimos.
   No vimos que el flujo de autos, que al principio era lento y temeroso, fue creciendo en cantidad y velocidad. Los más optimistas esperaron visitas que nunca llegaron. Los primeros que pasaron disminuyeron la velocidad para mirar mejor ese pueblito polvoriento y viejo, tan diferente a su ciudad, tan anticuado. Quizá alguno hubiese entrado si hubiésemos tenido alguna atracción turística pero en  verdad, lo único que de turismo había estaba en libros antiguos, en la pequeña y rala biblioteca del pueblo. Así entonces, cada vez más autos se entregaron a la idea de pasar a prisa, como recelosos de disminuir su velocidad, como si en nuestro pueblo hubiera habido una epidemia de alguna enfermedad terrible y se hubiese corrido la voz por todos lados. No entendíamos a esos viajantes que empezaron a mirarnos de reojo, mientras retaban a sus hijos y los obligaban a sentarse correctamente, mirando sólo hacia delante, para que no vieran perderse la ruta y ese pueblo extraño y ajeno, que se alzaba a los lados.
Súbitamente, empezaron los inconvenientes. La fila de autos era cada vez más continua y rápida. Se empezó a levantar un rumor en el pueblo como de queja. La hija menor de los Paladino casi había sido atropellado por un camión rojo que había pasado como endemoniado, bufando su bocina sin siquiera pedir disculpas. El hijo de Estévez tuvo que correr para cruzar cuando fue a visitar a su tía, porque los autos no cesaban de pasar. Hasta yo mismo estuve, casi una hora, esperando por un resquicio, un espacio que me dejara cruzar aunque fuera corriendo al otro lado para comprar en lo de Fernández.
Al fin nos fue imposible el volver a cruzar esa ruta que nos dividía ahora cruelmente, enajenada en la velocidad y la prisa. Durante un tiempo, solo de noche se pudo cruzar, aventurándose con un farol o una linterna y a riesgo de ser atropellados. Pero, a los pocos días, ni siquiera de noche fue posible pasar al otro lado del pueblo. De día la columna rápida de autos se parecía mucho a un desfile de autos deportivos o por qué no a carreras de turismo carretera. De noche, se asemejaba más al tránsito de luces de navidad, si las luces fueran enormes y anduvieran recorriendo de ida y vuelta la ruta camino a Prairie o a la Capital.
Desde entonces, desde que la ruta nos partió en dos, nuestras costumbres cambiaron. Todas las tardes se veía interrumpir las labores del pueblo para juntarse a la vera de la ruta e intercambiar novedades de uno y otro lado. Padres e hijos. Amigos. Patrón y empleados.
Las noches en cambio fueron para las parejas. Para poemas recitados a la luz de la débil luna y de los encandilantes autos que pasaban. Neruda recitado a gritos, Cortázar ahogado entre bocinazos. Amantes que se miraban, sin atreverse a gritarse por el miedo a ser descubiertos, deseándose entre las caras inagotables de los conductores de los autos, que manejaban mientras todos los demás dormían.
Cuando la época de elecciones estuvo próxima, el Intendente decidió dar un poco del agua que el arroyo de nuestro lado nos regalaba diariamente, a los del otro lado del pueblo. Nos costó mucho porque éramos pocos los jóvenes que prestaron su fuerza para instalar la bomba enorme, que con su presión terrible llevaría parte del caudal del arroyo hacia el otro lado. Es cierto que nos envalentonaron las miradas dulces y confiadas de las mujeres que nos miraban desde el otro lado, anhelantes de un poco de refresco de los calores de diciembre. Luego de incontables problemas y de mucho esfuerzo de los pocos jóvenes y de algunos viejos todavía fuertes, terminamos la instalación de la bomba, que apuntaba por encima de la ruta y sus autos hacia el otro lado. El intendente, orgulloso por anticipado de su proeza, accionó el botón que iniciaba la maquinaria y  para contento de todos un enorme chorro de agua blanca se alzó por sobre los autos y pasó hacia el otro lado, destruyendo un cartel  y surcando la tierra, formando una pequeña laguna donde se refrescaron luego como no podían hacerlo desde hacía tiempo. Ese día, también, nos dimos cuenta de que por más locura por cruzar o más anhelo por estar aunque sea unos segundos en el otro lado ya casi olvidado en nuestra memoria, no lo haríamos nunca más. Porque uno de nosotros, uno de este lado, anhelando rencontrarse con  su amante que lo miraba mientras se sumergía en la pequeña laguna artificial, un joven pequeño y ágil, trepo hasta la bomba e intento cruzar por sobre el puente de falso cristal que comunicaba con el otro lado. Todos en el pueblo nos quedamos atónitos naturalmente,  por lo que el joven intentaba hacer, todos vimos cómo se trepaba al imposible puente de agua y empezaba a cruzarlo en una especie de milagro doméstico. El pueblo enmudeció mientras él avanzaba seguro sobre el puente, sin mirar atrás, sólo hacia delante, allí, donde surgía la otra mitad, esa que tanto había extrañado. Sin embargo cuando el muchacho desvió la mirada y miro por una milésima de segundo hacia la multitud de coches bajo sus pies, se hundió en el agua, traspasándola y desapareció en la ruta.