miércoles, 31 de octubre de 2012

El poder de las palabras (Edgar Allan Poe)


Oinos.-Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu al que acaban de brotarle las alas de la inmortalidad.

Agathos.-Nada has dicho, Oinos mío, que requiera ser perdonado. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. En cuanto a la sabiduría, pide sin reserva a los ángeles que te sea concedida.

Oinos. -Pero yo imaginé que en esta existencia todo me sería dado a conocer al mismo tiempo, y que alcanzaría así la felicidad por conocerlo todo.

Agathos.-¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en su adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio.

Oinos.-El Altísimo, ¿no lo sabe todo?

Agathos.-Eso (puesto que es el Muy Bienaventurado) debe ser aún la única cosa desconocida hasta para Él.

Oinos. -Sin embargo, puesto que nuestro saber aumenta de hora en hora, ¿no llegarán por fin a ser conocidas todas las cosas?

Agathos.-¡Contempla las distancias abismales! Trata de hacer llegar tu mirada a la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras erramos lentamente entre ellas... ¡Más allá, siempre más allá! Aun la visión espiritual, ¿no se ve detenida por las continuas paredes de oro del universo, las paredes constituidas por las miríadas de esos resplandecientes cuerpos que el mero número parece amalgamar en una unidad?

Oinos.-Claramente percibo que la infinitud de la materia no es un sueño.

Agathos.-No hay sueños en el Edén, pero se susurra aquí que la única finalidad de esta infinitud de materia es la de proporcionar infinitas fuentes donde el alma pueda calmar la sed de saber que jamás se agotará en ella, ya que agotarla sería extinguir el alma misma. Interrógame, pues, Oinos mío, libremente y sin temor. ¡Ven!, dejaremos a nuestra izquierda la intensa armonía de las Pléyades, lanzándonos más allá del trono a las estrelladas praderas allende Orión, donde, en lugar de violetas, pensamientos y trinitarias, hallaremos macizos de soles triples y tricolores.

Oinos.-Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme. ¡Háblame con los acentos familiares de la tierra! No he comprendido lo que acabas de insinuar sobre los modos o los procedimientos de aquello que, mientras éramos mortales, estábamos habituados a llamar Creación. ¿Quieres decir que el Creador no es Dios?

Agathos. -Quiero decir que la Deidad no crea.

Oinos.-¡Explícate!

Agathos.-Solamente creó en el comienzo. Las aparentes criaturas que en el universo surgen ahora perpetuamente a la existencia sólo pueden ser consideradas como el resultado mediato o indirecto, no como el resultado directo o inmediato del poder creador divino.

Oinos. -Entre los hombres, Agathos mío, esta idea sería considerada altamente herética.

Agathos. -Entre los ángeles, Oinos mío, se sabe que es sencillamente la verdad.

Oinos.-Alcanzo a comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza o leyes naturales darán lugar, bajo ciertas condiciones, a aquello que tiene todas las apariencias de creación. Muy poco antes de la destrucción final de la tierra recuerdo que se habían efectuado afortunados experimentos, que algunos filósofos denominaron torpemente creación de animálculos.

Agathos.-Los casos de que hablas fueron ejemplos de creación secundaria, de la única especie de creación que hubo jamás desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.

Oinos.-Los mundos estrellados que surgen hora a hora en los cielos, procedentes de los abismos del no ser, ¿no son, Agathos, la obra inmediata de la mano del Rey?

Agathos-Permíteme, Oinos, que trate de llevarte paso a paso a la concepción a que aludo. Bien sabes que, así como ningún pensamiento perece, todo acto determina infinitos resultados. Movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos moradores de la tierra, y al hacerlo hacíamos vibrar la atmósfera que las rodeaba. La vibración se extendía indefinidamente hasta impulsar cada partícula del aire de la tierra, que desde entonces y para siempre era animado por aquel único movimiento de la mano. Los matemáticos de nuestro globo conocían bien este hecho. Sometieron a cálculos exactos los efectos producidos por el fluido por impulsos especiales, hasta que les fue fácil determinar en qué preciso período un impulso de determinada extensión rodearía el globo, influyendo (para siempre) en cada átomo de la atmósfera circundante. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original partiendo de un efecto dado bajo condiciones determinadas. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran interminables, y que una parte de dichos resultados podía medirse gracias al análisis algebraico, así como que la retrogradación no ofrecía dificultad, vieron al mismo tiempo que este análisis poseía en sí mismo la capacidad de un avance indefinido; que no existían límites concebibles a su avance y aplicabilidad, salvo en el intelecto de aquel que lo hacía avanzar o lo aplicaba. Pero en este punto nuestros matemáticos se detuvieron.

Oinos.-¿Y por qué, Agathos, hubieran debido continuar?

Agathos. -Porque había, más allá, consideraciones del más profundo interés. De lo que sabían era posible deducir que un ser de una inteligencia infinita, para quien la perfección del análisis algebraico no guardara secretos, podría seguir sin dificultad cada impulso dado al aire, y al éter a través del aire, hasta sus remotas consecuencias en las épocas más infinitamente remotas. Puede, ciertamente, demostrarse que cada uno de estos impulsos dados al aire influyen sobre cada cosa individual existente en el universo, y ese ser de infinita inteligencia que hemos imaginado, podría seguir las remotas ondulaciones del impulso, seguirlo hacia arriba y adelante en sus influencias sobre todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante, para siempre en sus modificaciones de las formas antiguas; o, en otras palabras, en sus nuevas creaciones... hasta que lo encontrara, regresando como un reflejo, después de haber chocado -pero esta vez sin influir- en el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que en cualquier época, dado un cierto resultado (supongamos que se ofreciera a su análisis uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original se debía. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de relacionar en cualquier época, cualquier efecto a cualquier causa, es por supuesto prerrogativa única de la Divinidad; pero en sus restantes y múltiples grados, inferiores a la perfección absoluta, ese mismo poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.

Oinos.-Pero tú hablas tan sólo de impulsos en el aire.

Agathos.-Al hablar del aire me refería meramente a la tierra, pero mi afirmación general se refiere a los impulsos en el éter, que, al penetrar, y ser el único que penetra todo el espacio, es así el gran medio de la creación.

Oinos.-Entonces, ¿todo movimiento, de cualquier naturaleza, crea?

Agathos.-Así debe ser; pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento, y que la fuente de todo pensamiento es...

Oinos. -Dios.

Agathos.-Te he hablado, Oinos, como a una criatura de la hermosa tierra que pereció hace poco, de impulsos sobre la atmósfera de esa tierra.

Oinos. -Sí.

Agathos.-Y mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre el poder físico de las palabras? Cada palabra, ¿no es un impulso en el aire?

Oinos. -¿Pero por qué lloras, Agathos... y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas... pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un turbulento corazón.

Agathos.-¡Y así es... así es! Esta estrella tan extraña... hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

viernes, 26 de octubre de 2012

...

Hay días en que es inútil intentar disfrazar la cosa. Las palabras que duelen no se pueden endulzar. Hoy estoy hecho mierda y nada parece salir bien...

lunes, 22 de octubre de 2012

Bird


Canta pájaro, te ves tan libre para abrir tus alas y cantar
sueña pájaro, todavia no te das cuenta de que la jaula esta ahí

es tan inmensa que nos creemos totalmente libres
pero créeme, o no, podes hacer lo que quieras
de todos modos,
 para que tanta libertad si no sabemos que hacer con ella

Canta pájaro canta, que al menos tu voz escape por las rejas
y algún día, en algún rincón, en los besos de una mujer
o en la nota mas baja de una canción
te puedas sentir verdaderamente libre...



jueves, 11 de octubre de 2012

La espera




 Miguel Ángel Britos ésta recostado sobre un árbol. Sufre nervioso el paso de las horas. También sufre el frió de la noche. Está seguro de que nadie podrá distinguir su figura que se funde  y se integra con la silueta del árbol. Al parecer, por la soledad que reina a esas horas avanzadas, hasta la luna dio por terminada su jornada y no muestra su cara. Todo está sumergido en la oscuridad y el silencio en el barrio. Por momentos, Britos torna a tocarse el pecho. Apenas si siente su corazón. Le late terriblemente despacio, como si lo tuviera oxidado. Una picazón en la garganta lo obliga a toser repetidamente, pero trata de hacerlo los más suave posible. No quiere ser delatado. Ha estado esperando por horas, ya no sabe cuántas, pero han sido muchas y está verdaderamente esgunfiado. Escupe a un lado y la tos se le calma un poco. Anhela un vaso de alguna bebida espirituosa para calmar la sed agobiante que le reseca la boca. También anhela entender cómo, un tipo como él, un cobarde con historial, espera tan paciente, con tanta decisión, al hombre que tendrá que matar.
La cuestión no es demasiado complicada. La noche anterior, mientras improvisaba un tango en un burdel, rasgando la guitarra como un loco; quizá por el alcohol, quizá por una inentendible decisión de autodestrucción, ha ofendido al Guapo Salazar. La letra le ha venido fácil, sabedor de la mala vida del guapo y del pasado de su mujer, le ha dirigido unas estrofas osadas, que han sido festejadas por toda la muchachada del lugar. El Guapo la cazo al toque y se le enfrentó apenas se destemplaba el último acorde, mostrándole el brillo de su puñal y apurándolo a medirse. Britos despertándose del fragor del alcohol se encontró casi obligado a pelearse con uno de los matarifes más famosos del arrabal. Pero ni el alcohol le ha hecho olvidar que él nunca se ha medido ni ha peleado. Que nunca ha tomado siquiera  un cuchillo para hacer alarde y ha desestimado la exigencia de pelear. Apoyando su guitarra a un lado con cuidado, se ha dirigido a la barra a pedir un trago más. Ofendido, totalmente lleno de ira e impotencia por el rechazo, Salazar ha tomado la guitarra abandonada de Britos y la ha estrellado en el piso sucio, destrozándola en mil pedazos y riéndose como endemoniado mientras los curiosos se asomaban a la escena para husmear. Britos ha sentido revolvérsele las tripas al escuchar el estruendo de las cuerdas que han sonado por última vez. Se ha dado vuelta, ha visto lo que ha hecho su enemigo reciente y se ha dirigido hacia él (en su fantasía). En realidad se ha dirigido hacia la puerta, ha pasado al lado del Guapo sin mirarlo, sin atreverse a mirar esos ojos a la espera del desafío, ha abierto la puerta del lugar y sin mirar atrás ha salido del piringundín,  mientras tras él estallaban gritos de victoria mezclados con otros de lamento por la pelea no realizada.
Por eso Britos está allí, por eso espera al Guapo para liquidarlo. Sabe que la única manera de vengarse, la única forma en que podrá triunfar sin exponerse a ser acuchillado con facilidad es cuando Salazar este bien en curda y desprevenido. Cuando llegue a su casa como tantas madrugadas, hecho una piltrafa, ciego de tanto alcohol. Sabe que si no lo hace (y también se lo ha dicho el Tanito) no podrá pisar más ni ese ni ningún otro burdel del barrio. El Guapo los maneja todos, es hombre de confianza del dueño de la mayoría de ellos.
Con lo que le gusta a él frecuentarlos. Bailar unas milongas tristes mientras la curda juega su papel y lo enajena del mundo por unos instantes, mientras se vuelve uno con la música y se olvida de los amores perdidos; del dinero que debe, del alquiler sin pagar. Es en esos antros donde lo han apodado el “gusano” por su manera de bailar, por esa extraña manera de contornease tan parecida a un gusano en el lodo. Sabe que no podrá olvidar aunque quiera las noches de parranda con la Francesita. No quiere (no le da la gana)  buscar otros burdeles que esos. Entregarse a otros cuerpos que a esos extraños pero conocidos que lo sacian por una noche, que lo redimen como si fuera posible redimirse en la mugre, en los besos; en el olor a sexo y desesperación y alcohol barato. Pero también sabe que tanto en esos lugares como en otros, luego de las noches de juerga, se encontrara del mismo modo solo, tan angustiado y perdido como antes, sin saber porque busca ahí algo que no encontrara en ninguna parte. Cada vez más convencido de que su destino es simple, vagar sin rumbo por la vida como un barco sin faros a la vista, tanteando a ciegas el rio de cemento que se extiende al lado de ese otro rio indiferente.
Se siente un tirado, un bueno para nada, una lacra social que el tiempo se encargara de borrar. Como a una cucaracha que deber ser pisada y arrojada a un lado con desdén, con la certidumbre de que eso es lo que se debe hacer con alimañas como él, tan estériles para la sociedad.

Las rodillas le empiezan a doler y cambia de postura. Intenta liar un cigarro pero no puede, la oscuridad es total salvo una débil luz que alumbra la esquina por donde espera venir tarde o temprano al condenado. Ya está acalambrado por el frió que le cala hasta los huesos, pero espera. Tiene que esperar, debe esperar horas, días, quizá hasta siglos; porque no quiere morir sin probar el sabor de la venganza, ver la cara del hombre mientras le clava el puñal (que acaricia sin darse cuenta bajo el abrigo) hasta el mango.
Vendrá, tarde o temprano Salazar vendrá por esa esquina. No duda ni un instante del dato que le ha pasado el Tanito Brizuela. Apenas se enteró del altercado, el Tanito lo ha buscado por todos lados y lo ha encontrado en un café, donde Britos se refugiaba sin saber qué hacer. El Tanito lo ha animado a emboscar al guapo, si hasta le dio su propio puñal. En el café, mientras recordaban los años de la infancia, los juegos inocentes que habían celebrado de chicos, el Tanito le ha abierto los ojos. Debe hacerlo por el honor, primero y principalmente, pero también porque según el Tanito, Salazar llevara el dinero de las ganancias de todos los locales que regentea. A Britos la idea lo envalentona, le sugiere nuevos caminos. Empezar lejos de allí, quizá en el Uruguay, una nueva vida sin miseria y sin esa existencia sórdida que siente, lo está aplastando contra el piso. El Tanito le dice que lo ha planeado por meses, pero necesita a alguien más para que no sospechen. No puede vigilar y matar al Guapo, lo conocen demasiado como para no sospechar inmediatamente de él. Necesita a alguien que lo espere en el lugar mientras él lo entretiene y lo pone en curda con la facilidad acostumbrada. Britos le preguntó si no llevara custodia o armas, pero el Tanito dice que Salazar no es hombre de armas y que nunca va a su casa con custodia, tal es su prepotencia. El último burdel que visitara será donde se emborracharan juntos y está a no más de cinco cuadras de donde vive. Vuelve a asegurar que el guapo ira solo.
¿Puede confiar en el Tanito Brizuela? Britos lo conoce desde chico. Casi se han criado juntos, como si fueran hermanos. En la adolescencia le ha perdido el rastro. En su ausencia ha tenido noticias de que ha estado guardado en una cárcel del sur por homicidio, de que ha escapado durante un motín, de que ha viajado al norte hasta que las cosas se calmaran y un buen día hace unos meses ha vuelto al barrio. No sabe si es verdad todo lo que le han dicho, el Tanito ha cambiado mucho desde la última referencia que tiene de él. A veces parece un fiel compañero de parranda, una persona de ley como en la lejana niñez. Pero otras veces, más entonado por la bebida,  lo ha sorprendido su comportamiento ventajero, su aire de veleta que vendería su madre al mejor postor.
A Britos no le importa mucho confiar o no. Lo hará igual a final. No solo lo tienta la idea del dinero. Encuentra también en el peligro de la empresa otro destino que sospecha inexorable desde hace tiempo. ¿No desea desde quien sabe cuándo, una excusa para arrojarse al rio o amarrar a su cuello una soga y extinguirse? ¿Acaso no hay noches en donde a pesar de los nepentes de moda, del alcohol y la blanca, no encuentra más consuelo que pensar en apagar su cabeza de una vez por todas, aniquilando esa angustia que le carcome el alma?
No está seguro, porque por otro lado, también hay una especie de instinto de supervivencia que le alarma. Que le dicta una súplica para que salga de allí, para que escape sin arriesgarse a mancharse inútilmente las manos. Que escape y siga viviendo a pesar de su cobardía, que se aferre a la vida como un germen o un parasito se aferra a su huésped. Que viva, escondido y cobarde pero que viva.

Ya es tarde. Britos se despabila al ver una figura que apenas se distingue en la oscuridad. Recorre la calle de punta a punta en su vaivén de borracho mientras tararea una canción indescifrable. Apenas la luz de la esquina lo transfigura desde la sombra, Britos ve que es Salazar y va solo. También ve que lleva una cartera bajo el brazo.
Lo siguiente es casi automático. Britos mira a todos lados y cuando el Guapo llega al frente de su casa, se pone de pie y camina rápidamente hacia él. Cuando está a unos metros, mientras el guapo no acierta a colocar la llave en la cerradura por la curda, saca el cuchillo y lo deja brillar en alto a un lado de su cuerpo. El guapo, desistiendo el intento de abrir la puerta, se deja caer contra la misma y  lo ve. Sus ojos resplandecen, quizá por el alcohol o quizá por pura perversión,  pero no se abren enormes ni se le dilatan las pupilas como Britos se lo había imaginado. Entonces siente que un escalofrió  le recorre el cuerpo. ¿Qué clase de hombre no le teme a la muerte, por más que se agarre una curda como esa? No le importa, lo hará igual, aunque el sentenciado sea indiferente. Debe hacerlo antes de que el miedo y la cobardía lo hagan reflexionar. Avanza, lo toma por el hombro y en cuanto tiene la cara del guapo (que está sonriendo) frente a sí, le hunde el puñal hasta el mango. Salazar gime un segundo apenas y lo toma a su vez por el cuello. Se oye un estampido y a Britos un dolor penetrante le quema el estómago. Suelta el puñal y Salazar cae pesadamente contra la puerta de su casa. A su vez Britos también cae y se va desangrando poco a poco sobre la vereda mientras todo a su alrededor se va poniendo negro como si estuviera en el fondo de un pozo. No entiende lo que ha pasado pero no lo lamenta. Se siente un poco feliz de terminar así. Lo único que llega a  lamentar es no poder haber disfrutado de su venganza. No imagina la traición.
No sabe que el Tanito sostiene todavía el arma humeante detrás de él. No llegara a saber nunca que el Tanito Brizuela pone el arma en la mano muerta del Guapo, que toma la cartera con el dinero y  que se pierde en la oscuridad, silbando una milonga, rumbo al puerto.

martes, 9 de octubre de 2012

Dear John...




Tan pronto como naces hacen que te sientas pequeño,
no dándote tiempo en lugar de dártelo todo,
hasta que el dolor es tan grande que ya no sientes nada

Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar,
Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar.

Te lastiman en casa y te pegan en clase,
Te odian si eres inteligente, y desprecian al tonto.
Hasta que estás tan jodidamente loco que no puedes seguir sus reglas.

Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar,
Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar.

Cuando te han torturado y asustado  durante veintitantos años,
entonces esperan que elijas una profesión,
cuando realmente puedes funcionar ,estás tan lleno de miedo.

Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar,
Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar.

Te mantienen drogado con religión, sexo, y televisión,
y piensas que eres tan inteligente, marginado y libre,
pero tal y como yo lo veo eres todavía un jodido bruto.

Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar,
Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar.

Todavía te dicen que hay sitio en la cima,
pero primero debes aprender cómo sonreír cuando matas,
si quieres ser como los tipos de la colina.

Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar,
Héroe de clase trabajadora es algo a lo que aspirar.

Si quieres ser un héroe,
bien, simplemente sígueme.
Si quieres ser un héroe,
bien, simplemente sígueme.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Algo que decir...


Quisiera decirle tantas cosas. Siempre que algo anda mal me busca, rompe el silencio y busca en mí algo que no llego a comprender (o quizá sé bien que es pero me niego a jugar ese papel)
Quisiera decirle. Es inútil que busques en mi o en otros lo que no podés encontrar por vos misma. No somos puentes, no llevamos a ningún lado, no tenemos la llave de la felicidad escondida detrás de nuestros labios. 
Te repetís incansablemente, buscas y buscas en vano, ¿cuándo te vas a dar cuenta de que estamos solos, que los demás solo pueden ser una pequeña compañía, que en eso que estúpidamente llamamos amor no hay más nada que placeres egoístas, que esquivas realizaciones?
Todos daríamos lo que no tenemos para que el amor fuera una salida, una pira donde todos nuestros problemas y frustraciones se quemaran. Pero no es así, no nos damos cuenta de que al fuego vamos nosotros, de que nosotros como individuos ardemos en el amor y nos quemamos terriblemente, solo para encontrarnos al final deshechos y con las frustraciones intactas.
Quisiera decirle que confíe en dios, que todo esto va a pasar, pero ni yo me lo creo. Sé muy bien que de arriba solo cae lluvia y que nadie, absolutamente nadie puede ayudarnos más que nosotros mismos.