lunes, 23 de diciembre de 2013

El otro lado



fisicos japoneses demostraron que nuestro universo puede ser un gran holograma



Después de todo Julio tenia razón. En algún rincón del universo debemos estar pudriéndonos, ya muertos hace tiempo. La memoria de este mundo es tibia y viscosa. Es real que todo esto no es real, es real que no puedo aceptar lo que estoy viviendo. Lo que daría por estar aunque sea un día lejos de esta mentira, en el Edén donde todo pasa.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Lleva una vida borrar lo que un instante te marco en la piel









Hoy cuando desperté me acorde de ella. Recordé su cuerpo juvenil, su aire de muñeca profanada a la que le han quitado el vestido para descubrir su sexo. 
Me acorde de los besos robados en la noche, de los encuentros con su cuerpo de porcelana, de las manos temblorosas explorando suaves declives, toscas e inmaduras formas de mujer. 
Yo también era inmaduro, yo también creía en el amor en esos tiempos.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Esperando el bondi...









Podrán inventar autos que se conduzcan solos, brillantes naves plateadas que a velocidades supersónicas nos lleven de aquí para allá en una patada. Cómodos vehículos tripulados por droides tan avanzados que mientras conducen nos informen del tiempo y las noticias. Pero, cualquiera de esas frivolidades  no podrá jamas reemplazar la felicidad inigualable de ver asomarse por la esquina la trompa adusta y emprendedora del colectivo. Luego de minutos o hasta horas de espera, ver surgir en las noches frías de invierno, cuando creíamos perdida toda esperanza de salvación y habiéndonos preparado para la muerte por congelamiento (o aburrimiento) divisar los opalinos ojos del bólido celestial que nos acercara una vez mas a casa, que nos aunara al pueblo trabajador e inagotable que (aunque políticos y ladrones y asesinos) sigue saliendo una y otra vez al deber.



miércoles, 20 de noviembre de 2013

Blackbird singing in the dead of night...




- Ya ves, los pájaros se dan cuenta que amaneció, que salió el sol de un nuevo día. Se ponen locos, eufóricos, cantan como desaforados en sus jaulitas, festejan el fin de la noche. Yo creo que cantan porque le tienen miedo a la oscuridad, por eso están tan inquietos. En el fondo somos tan parecidos a ellos, gritamos y festejamos la vida de noche, siempre de noche, como si intentáramos distraernos de la oscuridad. Festejamos ebrios y no nos vamos a dormir sino hasta que sale el sol y nos sentimos seguros otra vez.


(fragmento de El caso Bizom)



viernes, 1 de noviembre de 2013

Pampa










Pampa,

todo vacío  como mis manos
todo llanura y el cielo sangrando despacio
sin nadie cerca
sin nada cerca

Pampa,

conoces como yo el espanto
de la sangre y de la vida que se escapa
debe ser por eso que me refugio en tus vientos
y aúllo y corro y canto

Pampa,

déjame morir aqui aunque no sea tu hijo
deja que el ultimo suspiro lo de en silencio
mientras el tero delata que no soy digno
que aquí siempre seré un extraño.

jueves, 17 de octubre de 2013

For no one...



Supongo que llegara el día en que no nos necesitemos mas,  ni siquiera para extrañarnos. El día en que el perfume de los besos y los temblores de las caricias se habrán perdido en el éter. Tu voz será solo un sonido ajeno, extraño. Y las palabras de amor que nos dijimos alguna vez habrán creado criaturas extrañas y melancólicas en algún rincón del universo antes de desaparecer para siempre.



viernes, 4 de octubre de 2013

EL visitante (final)


Sábado 9 de octubre



No pude arreglar la escopeta. La comida se me terminó hace tres días. Ya no me queda ni agua ni cerveza y el poco licor que tenía me lo tome anoche, recostado sobre la ventana, maldiciendo a la figura, al visitante. Tiene que ser un hombre ¿verdad? como podría una
mujer soportar tan terrible asedio, tantos días en pie, tantos sin agua ni comida, pero… ¿Y si es ella? ¿Si me encontró a pesar de todo? ¿Si viene por mí de una vez?

Ahora está tan cerca que podría saberlo, pero la suciedad en los vidrios y la merma en mi vista producto del hambre y la sed y el sueño no me permiten ver con claridad. La siento, siento su asqueroso aliento cerca de mí, la siento en el aire, en mi respiración cansada, aún no está frente a mí pero se me metió en el alma, por los ojos. No puedo resistirme, estoy débil, cansado, sin fuerzas. El pulso me tiembla, mis letras son apenas legibles, cada vez escribo peor…


Domingo 10 de octubre



Me desperté tirado en el suelo.
Creo que todas mis fuerzas se desvanecieron, me siento hecho de papel. Así siento mi cuerpo, mis brazos, los brazos que en otro tiempo atacaban la madera con el hacha, que eran omnipotentes, ahora apenas si me obedecen.
Qué triste fantasma de mí, que…
Esperen…siento pisadas en mi entrada, siento crujir la madera. El visitante ya está aquí.

Tocan a la puerta, dos veces, con vehemencia.

Me arrastro, me incorporo, no puedo dejar de escribir, es ahora, es el final, debo abrir.
Grito: ¡¿Quién es?! Pero nadie me responde. No tengo opción, debo abrir.

Corro el pasador, una ráfaga de aire empuja la puerta de par en par…


                                      Fin

martes, 1 de octubre de 2013

El visitante (5ª parte)


Domingo 3 de octubre



Anoche soñé con el visitante. Me quede dormido en el escritorio que da a la ventana. Estoy casi seguro de que es un hombre, había algo en el sueño que así me lo sugería. Yo estaba parado frente a la puerta y la abría con impaciencia; bruscamente tomaba el picaporte y la abría como queriendo recriminar al que se encontraba del otro lado. Pero cuando abría la puerta me encontraba a mí mismo del otro lado, es decir, yo era el visitante.
Entraba y cerraba la puerta detrás de mí e inmediatamente tocaban y lo mismo volvía a pasar, solo que esta vez me veía en tercera persona, me veía solo en la cabaña, me veía triste y expectante por una figura a la que seguía esperando y a la cual no podía ver a pesar de mi omnisciencia.
Desperté sudando. Todavía era de noche. Algo en la oscuridad me sugirió que el visitante seguía allí, acechando en la oscuridad.

lunes, 30 de septiembre de 2013

El visitante (4ª parte)


Miércoles 22 de septiembre



No escribo hace días porque estuve ocupado buscando algún tipo de arma para defenderme. Logro ver bastante clara la silueta del visitante, pero los vidrios sucios no me permiten distinguir si va armado. Por eso me impuse la tarea de fabricar algunas armas con la madera de la cama. Desde hace un rato me persigue la idea de arreglar la vieja escopeta que perteneció a mi padre. Creo haberla guardado en lo alto del ropero. Sé que será algo inútil, porque intenté arreglarla una vez en el pasado, sin suerte y, ahora que la necesito, no la tengo. El esfuerzo será vano porque estoy en peores condiciones que antes, no puedo salir a comprar algún repuesto o herramienta.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El visitante (3ª parte)


Jueves 16 de septiembre



El día de ayer lo pase leyendo un libro viejo en la hamaca que instale cruzando la casa. De más está decir que la casa es un solo ambiente donde conviven cocina y pieza, sala de estar y una puerta que da al baño. De vez en cuando apartaba los ojos del libro para mirar la figura.
Seguía allí, impávida, bajo el sol arduo que bañó las horas de la tarde. Hoy la note un poco más cercana, parece estar avanzando lentamente.

viernes, 27 de septiembre de 2013

El visitante (2ª parte)


Martes 14 de septiembre



Como preveía, en algún momento de la noche me quede dormido. Me desperté sobresaltado al amanecer, cuando los primeros rayos de sol invadían el durmiente monte. Mientras preparaba el desayuno, miré hacia la ventana y noté que la figura se había movido. Avanzó unos cien metros desde la última vez, aunque aún se ve indefinida. No tengo forma de precisar si es hombre o mujer, si viene en paz o no, si me busca a mí o está perdida, si trae o viene a llevarse algo…

jueves, 26 de septiembre de 2013

El visitante (1ª parte)








Lunes 13 de septiembre


 La costumbre de escribir se me pegó como la tierra se pega a las cosas estáticas. Eso me da a pensar  que de alguna manera mi vida se volvió estática, reseca, infértil. En verdad no tengo argumentos para justificar mi exilio. Los desamores, los problemas económicos, largas batallas contra una enfermedad nerviosa y el inevitable fantasma de la soledad son solo excusas, pequeñas excusas que no podrían engañar a nadie.
 Hace más de un año que me mudé a esta tranquila cabaña en el medio del monte misionero, hastiado de la vida en la ciudad, de las preocupaciones sociales y sobretodo de la rutina, esa imbécil con cara de satisfacción. Y desde que llegue no hice prácticamente otra cosa que escribir en este pequeño diario. Pero esta no es otra anotación más, otra reflexión sobre la vida o sobre la muerte, otro intento por decirme algo desde otro lugar. Escribo esto porque algo fuera de lo común sucedió hoy.
 El día empezó normalmente. Estuve toda la mañana cortando leña mientras oía el murmullo del monte, el coro de los animales que acechan en su profundidad, ocupados también en sobrevivir. Hacia el mediodía el calor mermo la calidad de mi trabajo por lo que me refresque y entre a mi cabaña.
 Sentado en la única silla que tengo y que ademas esta desvencijada, mientras bebía una cerveza, miré por la ventana. A través del vidrio sucio, hacia el fondo de mi terreno, lo vi por primera vez. Parecía ser una persona de talla media, parada al borde del monte, en el límite que mi capacidad de parquista había demarcado como fin del terreno. Hay unos quinientos metros entre mi ventana y el comienzo del monte.
 La figura apareció justo ahí, en el límite.
 Di vueltas y vueltas pero no me atreví a abrir la puerta. Eso significaba aceptar que había visto a esa figura, tener que acercarme o llamarla , concretar una visita que yo no esperaba, en fin, nada que me satisficiera de lleno.
 Tendí mi vieja y roída hamaca frente a la ventana. 
 La noche se presta a los sueños. El calor y la humedad de este lugar pueden frustrar fácilmente cualquier plan que uno quiera seguir. Los ojos se me cierran, hay un vaho a tragedia en el aire pero es dulce, embriagador, debo resistir, debo esperar al amanecer para sentirme seguro, para dormir un poco…
 La figura no se mueve del lugar donde la vi por primera vez.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Fácil





Es fácil entregarse cuando el corazón medita penas
un par de besos resbalando entre la cerveza entibiada
una prenda menos
un sabor menos
tu boca en mi sexo
mi mano en la nada
caer despacio como un insecto sin luz
el triunfo del no amor
todos tenemos una redención que dar
es fácil darla cuando el corazón medita penas

viernes, 16 de agosto de 2013

Quema la idea

De vez en cuando me quema algo de “literatura”. Yo no lo controlo, me nace de repente, como una necesidad o un mal. Puede sucederme en un café o en el cine, o en la fila mientras todos están expectantes por la película que ya sé que me va a defraudar. Puede sucederme caminando por la calle, de día o de noche. Es indistinto, yo no lo controlo. A veces, reiteradas veces, me sucede mientras trabajo para algún idiota o tengo que cumplir una tarea que difícilmente haría si pudiera prescindir del sustento. Entonces la idea, la literatura crece en mi cabeza mientras como un zombi sigo siendo útil a la sociedad.
Pero generalmente me sucede cuando llueve y el día es gris y frio y las gotas caen pesadas y somnolientas contra el mundo, avasallando todo con su humedad y sus caprichos.
Los síntomas son los siguientes, primero siento como una molestia, una picazón en la garganta, seguido de una tos que casi llega a fulminarme. Mi cabeza se inflama y las manos me transpiran y ahí lo comienzo a sentir. Es como si necesitara morir, gritar contra el mundo, como si dentro de mi alma un demonio despertara de su ciclo de sueño y me gritara una verdad, una maldita y asquerosa verdad. Casi siempre la verdad es negativa, sobre la desesperación o sobre alguna falta. Entonces, irremediablemente, necesito escribir, necesito una lapicera y un papel o una computadora o teléfono que me deje en sus limitados e intrincados sistemas de escritura plasmar esa literatura, esas palabras que a mí sólo me interesan, que nadie más quiere escuchar.


martes, 16 de julio de 2013

La puta de Babilonia (Fernando Vallejo)







LA PUTA, LA GRAN PUTA, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio
y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que
saqueó a Constantinopla y bañó de sangre a Jerusalén; la que exterminó a los albigenses
y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de
América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano
Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de
la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de
herejes y brujas; la estafadora de viudas, la cazadora de herencias, la vendedora de indulgencias; la que inventó a Cristoloco el rabioso y a Pedro-piedra el estulto; la que
promete el reino soso de los cielos y amenaza con el fuego eterno del infierno; la que
amordaza la palabra y aherroja la libertad del alma; la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertad de culto donde no manda; la que nunca ha querido a
los animales ni les ha tenido compasión; la oscurantista, la impostora, la embaucadora,
la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana; la antisemita, la esclavista, la homofóbica, la misógina; la carnívora, la carnicera, la limosnera, la tartufa,
la mentirosa, la insidiosa, la traidora, la despojadora, la ladrona, la manipuladora, la
depredadora, la opresora; la pérfida, la falaz, la rapaz, la felona; la aberrante, la inconsecuente, la incoherente, la absurda; la cretina, la estulta, la imbécil, la estúpida; la travestida, la mamarracha, la maricona; la autocrática, la despótica, la uránica; la católica, la
apostólica, la romana; la jesuítica, la dominica, la del Opus Dei; la concubina de Constantino, de Justiniano, de Carlomagno; la solapadora de Mussolini y de Hitler; la ramera
de las rameras, la meretriz de las meretrices, la puta de Babilonia, la impune bimilenaria
tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar.

(Introducción a La puta de Babilonia de Fernando Vallejo)

lunes, 1 de julio de 2013

Lloré una tarde el primer desengaño










Yo no sabia nada de la vida todavía, te caminaba como en modo automático, día tras día. Ahí conocí las peleas de la secundaria, a Fer lo cagaron un poco a trompadas, yo no me metí, nadie podía meterse, era "cuestión de honores" y  ya en ese entonces me quedaba estupefacto ante la idiotez del ser humano. Conocí también lo que era tomarse una birra en la esquina, prender un faso (que solo vi disfrutar a Fer y a Pablito, el cumbianchero, porque los demás todavía le teníamos miedo) Creo que ni siquiera sabia tu nombre, no sabia que te habían nombrado Pasaje Discepolo, no sabia que caminaba por una calle con el nombre de un poeta que mas tarde admiraría. Te repito, existía como en modo automático, no era yo todavía, era raro entre mis amigos, porque no anhelaba esas cosas, no buscaba la joda, mas en el fondo ya buscaba algo mas verdadero, mas trascendental, alguna verdad. Por supuesto ahí también conocí el amor, los primeros amores mas serios, las primeras bocas indiferentes y es que el pasaje en esa época era como un mundo aparte, a solo una cuadra de Callao y Corrientes muy pocos pasaban por ahí, hoy en día sos peatonal y se te transita mucho mas. Cuando te camine eras el refugio para la vagancia y para el amor, porque cobijabas lejos de la mirada del mundo en marcha y bajo la arquitectura de tu curva a los amores y a los vagos por igual, a aquellos que no buscábamos la excelencia ni el estudio, sino que queríamos rebelarnos, cosas que hoy siento estúpidamente idílicas.
Pasaje querido, tiempos queridos sin preocupaciones, vos y el par de cuadras a la redonda siempre serán en mi memoria el lugar donde se empezó a forjar lo que soy hoy, porque en clase, en alguna hora libre, en la escuela a la que dabas entrada escribí mis primeros poemas, sufrí mis primeros amores, llore mis primeras derrotas.

sábado, 22 de junio de 2013

Un artista del hambre (Franz Kafka)



En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta le permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado su jaula voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de largo tiempo atrás preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿ Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del contrato.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras.
Por este motivo, el ayunador temía aquella hora de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.
*
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.
-¿Ayunas todavía? -preguntole el inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdónenme todos -musitó el ayunador, pero sólo lo comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no deberían admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces no la admiraremos -dijo el inspector-; pero ¿por qué no debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.
-Eso ya se ve -dijo el inspector-; pero ¿ por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida que le gustaba traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.

domingo, 9 de junio de 2013

Y después...?









Tan pronto el sexo triunfaba, después de que estallaran sus cuerpos, se rendían, se arrojaban trémulos sobre la cama, ambos con ganas de llorar y morirse, ambos tan inertes y solos como el mundo entero, tan conscientes de que el amor no tenía nada que hacer ahí, que eran juguetes uno del otro, que cumplían un ciclo:
dos sexos,
un cuerpo,
la victoria,
luego el vacío.


miércoles, 29 de mayo de 2013

Rutina









Si no me vuelvo loco,
si no sangro por las palabras,
me voy a pudrir por dentro.




sábado, 11 de mayo de 2013

La Sombra

No voy a sonreirle a la vida porque alguien me lo pida
yo camino por el borde de la sombra
siempre el borde de la sombra
tu voz me confirma que no estoy tan errado
es la sombra, la muerte, la voz que guía mis pasos.
No voy a pedirte que entiendas mi vacío
yo mismo no logro entender mi vacío
es como un sueño en blanco y negro
es como el silencio después del placer.
Nos quedamos callados luego de hacer el amor.
¿no gritan nuestras almas por otra redención, 
alguna otra redención?
entonces solo resta salir a caminar
por la sombra
siempre el lado de la sombra.

lunes, 6 de mayo de 2013

Modelo Desarmado







...Nicole dormía y no me escuchaba, y yo no quería que sufriera por los dos, por Juan y por mí, por la ausencia de Juan y por mi boca que todavía la besaba sin derecho, con esa fuerza insoportable que da el no tener derecho. Y le decía esas cosas porque ya no me escuchaba, y antes que se durmiera habíamos hablado casi toda la noche, primero para convencerla de que se quedara en el hotel puesto que yo iba a volverme a Francia y dejarle la pieza, pero ella insistía en mudarse en seguida a otra parte, parecía decidida a ser ella quien tomara por segunda vez la iniciativa, me cortaba la retirada y como si no le bastara mi abatimiento, mis esfuerzos idiotas por comprender, por empezar a comprender ese absurdo, porque no me negarás que eso no tenía sentido alguno y que la única explicación posible era tan pueril como esos dibujos para la letra B de la enciclopedia que se secaban en la mesa al lado de la ventana, y en ningún momento Nicole había negado que fuera la verdad, solamente me miraba y bajaba la cabeza y repetía hasta el cansancio lo que acababa de hacer, y era inocente y estúpido y cualquiera, hasta el imbécil de Austin, hubiera podido darse cuenta de que lo había hecho para alejarme, para obligarme por fin a detestarla, para borrarse en mi memoria o cambiarse por un recuerdo sucio, algo tan infinitamente tonto que hubiera podido tomarla en los brazos y ponerla boca abajo jugando como tantas veces, para darle unas palmadas antes de empezar a  besarla como cada vez que habíamos jugado a las palmadas, a ti también te habrá ocurrido, está en todos los manuales especializados, máxime en los de Copenhague. Porque fíjate, Tell, todo el tiempo yo sabía de sobra que a ella no le importa Austin, que el único que contaba era ese que estará leyendo por encima de tu hombro 
cómo te va, Juan 
y si se hubiera acostado con ése yo me hubiera alegrado por ella, borracho y debajo del maldito castaño o en este mismo pub y ahora mismo me hubiera alegrado por ella y la hubiera dejado en paz también por ella, mientras que ahora, fíjate bien, Tell, 
ahora es solamente por mí que me voy a ir, Tell, porque de golpe esa tontería, esa especie de acto gratuito que no tenía otra razón que la de desencantarme en los dos sentidos de la palabra, esa idiotez de la malcontenta que quería proporcionarme una razón valedera y exclusivamente mía para dejarla caer y mandarme mudar y sobre todo, sobre todo eso, Tell, sobre todo dejarme el buen papel, cargar ella con la culpa para dejarme una buena conciencia, ayudarme a salir del pozo y encontrar otro rumbo, de golpe se vuelve algo que ella no había podido prever, de golpe es al revés, de golpe eso la mancha en mí, no sé cómo decírtelo mejor con el maldito juke-box y esta cabeza que me duele hasta partírseme, la mancha como si realmente se hubiera acostado con Austin para engañarme, comprendes, o prefiriéndolo por cualquier razón, o por ninguna razón más que una frivolidad o el jazz de Ben Webster, te repito que la mancha como si de verdad hubiera querido engañarme y yo supiera en este momento que es una puta y yo un cornudo y así el resto, y no es así, Tell, desde luego no es eso ni es así, pero ahí entra en juego el resentimiento y eso no podía preverlo la malcontenta, me descubro tan convencional como cualquier otro, tan marido sin estar casado, y no le puedo perdonar que se haya acostado con Austin aunque me conste que lo ha hecho porque era lo único que se le ocurría, si hubieras visto su mirada estos últimos días, su acorralamiento, su contra la pared, si me hubieras visto a mí estúpidamente callado o solamente esperando, como si todavía hubiera algo que esperar cuando en fin, Tell, lo único que se le ocurría para que yo me fuera con la conciencia tranquila del que tiene razón porque lo han traicionado y se va y alguna vez se curará porque era él quien tenía razón mientras ella En resumen, dos cosas: el resultado inmediato es el mismo, me  vuelvo a Francia, etcétera. Pero si no fuera tan imbécil (ésta es la segunda cosa) debería llevarme conmigo la imagen de siempre, el recuerdo de la niña tonta, y en cambio la siento sucia en mí, la imagen está sucia para siempre, pero no es ella la que está sucia y lo sé y no puedo impedirlo, la mancha está en mí que no soy capaz de sacarme de la sangre todo esto que se deja pensar tan claramente, y es inútil que diga niña tonta, que diga malcontenta tonta, Nicole oruguita tonta, la siento sucia en mi sangre, puta en mi sangre, y quizá también ella lo haya previsto y aceptado, finalmente pero entonces sería admirable, Tell, tú crees realmente que ella pudo prever que yo sentiría que era una puta, ¿tú crees que ella realmente? Fíjate que hablo de sentir, porque no es algo que se piense, está por debajo o en otra parte, pienso pobrecita y siento puta, entonces es el triunfo del infierno, ella no lo quiso así, Tell, ella solamente quería desencantarme porque me sabía incapaz de irme por mi cuenta, de aprender de una vez a dejarla sola, empezar la estatua de Vercingétorix y otra vida, otras mujeres, cualquier cosa pero como antes de las casas rojas. ¿Tú crees que realmente pensó que yo iba a matarla? Con la cara tan blanca, lo mejor de Ben Webster fue Body and soul pero ellos no lo oyeron, a la izquierda de la carretera, tendría que explicarte todo eso, Tell, 
habíamos ido al cine la noche antes, habíamos 
hecho el amor lentamente, acariciándonos tanto. Sus manos
no es verdad, sus manos no mis manos solamente mi boca una espera amable, ella, una respuesta dócil solamente una respuesta y me bastaba me bastaba Tell me bastaba así ya era tanto Tampoco es verdad, te das cuenta de quien está sucio, Tell, y ella lo sabía y no era capaz de mentir, no sabe mentir, me lo dijo en seguida, entró en la pieza del hotel y me dijo Mar me acosté con Austin y se puso a juntar los dibujos sin mirarme y yo supe que era verdad y supe todo y por qué y quién tenía la culpa y vi de nuevo las casas rojas vi a Juan me vi como un vómito al pie de la cama y en ese minuto todavía era como ella lo había imaginado inocente acosada exasperada en el límite en ese minuto como un cristal su acto de renuncia su llanto silencioso guardando los dibujos en la carpeta la carpeta en la valija la ropa en la valija queriendo irse ya mismo Tell 

su cintura, mis manos en su cintura, las preguntas, por qué, 

por 

qué, dime por qué, solamente por qué, el vómito hablando, 

pobre imbécil 

el insomnio las pastillas su cara blanca este pub 

el castaño el miedo Vercingétorix 

Si volviera ahora al hotel la mataría 

el castaño sucio de pájaros me duele aquí, Tell, 

todas ustedes 

putas todas con pájaros todas putas y yo un 

hombre Tell con su ultraje salvándole el sexo 

un hombre de verdad 

mi pobre puta pobre pobrecita puta 

un hombre a salvo con su puta dentro 

un hombre porque puta 

solamente por eso 

y entonces puta entonces puta entonces puta 

Creo porque es absurdo

(62 Modelo para armar, Julio Cortazar)

domingo, 14 de abril de 2013

Malditos Hippies


Te drogan con la religión, el sexo y la televisión 

Y te crees ingenioso,sin prejuicios de clase y libre 
Pero no eres más que un jodido ignorante hasta donde puedo ver
Lennon




Se que nunca voy a ser lo libre que quiero ser
mis manos están atadas a la seguridad
al confort de lo predecible.
ellos me despiertan tanta envidia
riendo en las plazas, 
tan seguros, tan libres
pero se que detrás de esa libertad
andan buscando lo mismo que yo
y desesperan porque aún no lo encuentran
tan cerca pero aún no lo encuentran






jueves, 11 de abril de 2013



“No puede ser que la vida sea tan absurda, tan repulsiva… Y si es tan absurda y tan repulsiva, ¿Por qué morir, y morir sufriendo?… Siempre lo mismo. Apenas brillaba una gota de esperanza, se encrespaba en el mar de la deseperación” (Leon Tolstoi. “La Muerte de Iván Ilich”)

miércoles, 20 de marzo de 2013

Veneno


Ya es casi mediodía y hace rato que el desayuno quedo atrás. Sábado y levantarse tarde, lo más tarde que se pueda. Aferrarse a la cama para intentar robarle unas horas más, o aunque sea unos minutos más de sueño. Pero el calor y levantarse y haber desayunado y son casi las doce y Martín que no llega. No entiendo cómo no se lo toma en serio como yo; después de todo fabricar veneno no es una cuestión menor. Hay que acertar la fórmula y en eso Martín es infalible. En la escuela es el primero que levanta la mano cuando la maestra pregunta algo e inmediatamente viene el golpecito en la cabeza para recordarle que lo considero un traga en esos momentos. Él se ríe y me susurra después de contestar correctamente otra vez:
— ¿Qué querés? No tengo culpa de que me guste leer tanto.
A veces pienso que soy un poco cruel con él. Pero me molesta que no se acople a mi mundo, que prefiera leer un libro cuando yo quiero tirarle papeles a las chicas o que en vez de trepar a un árbol  o jugar a la pelota se quede adentro mirando una película de ciencia ficción (que me gustan, ojo, pero en una tarde soleada lo considero una pérdida de tiempo). Por eso me enoja que no venga, porque una vez que me promete hacer algo que a mí me divierte y se borre, me parece una traición, una falta demasiado grave. Sobre todo cuando la vez pasada estuvimos tan cerca de pegar la fórmula.
Nuestros sujetos de laboratorio son las hormigas, o alguna abeja desprevenida que se esté ahogando en la pileta. Pero sobre todo las hormigas, las rojas, que son una calamidad. Es que uno anda descalzo, sin prestar atención y mete el pie en un hormiguero, les destruye la casa a las Rojitas y claro, sobreviene la venganza y lo pican a uno que le queda la pata roja y llena de ronchas que arden. Por eso ellas son las preferidas, porque un poco nos vengamos de sus ataques y probamos el veneno en ellas. 
Y ahora tengo que proceder solo, porque Martín no vino y él sabe cuál es la fórmula correcta luego del fracaso anterior. Juntar todo y empezar a mezclar; café, yerba, detergente, una pizca de lavandina  y algo de alcohol (que tuve que sacar con cuidado para que mamá no me retara). Fabricar el veneno más potente que se pueda con las cosas  que había a mano en la casa. Entonces probarlo primero en una de las hormigas, para saber que poder tiene el veneno casero,  y ver que al principio parece resultar porque la hormiga se retuerce un poco sobre la tierra y yo me río pero luego se me termina la sonrisa porque las hormigas no son como nosotros, no se rinden tan fácilmente.
Ellas se burlan de mis inventos torpes de humano y salen, enfangadas de mi veneno, pero salen, de la viscosidad de mi inerte veneno y se van a toda prisa por el pasto a refugiarse sin darse cuenta que han ganado. De que le ganaron a ese nene de siete años que sigue riendo pero de bronca, al borde del llanto, porque se equivocó la fórmula, porque Martín la sabía bien y no está  porque seguro falto más alcohol, mas alcohol y más café, porque la formula está mal y hay que comenzar de nuevo al día siguiente.





lunes, 25 de febrero de 2013

Bennu

Tu nombre ya es ceniza para mi...
 El fénix renace de sus propias cenizas
¿Quien puede atestiguar que el fénix renacido es el mismo que murió?
Vale la pena averiguarlo
No lo se, quizá yo también ardí y me queme y renací y no soy el mismo...

sábado, 9 de febrero de 2013

les yeux fous




Me perdería en tus ojos
se que podría perderme en tus ojos
o resbalar por tus labios hasta la cintura
que no me pertenece,
que seguramente es libre y divina
como esa mirada y esos ojos
que parecen ventanas
pasajes al amor o la perdición
que casi siempre son lo mismo...

miércoles, 16 de enero de 2013



Y si un día te encuentro en París, entre el frío y la nieve y la gente que odia ese frío y esa nieve que nosotros amamos, que tantas veces nombramos en el pasado, sabre que estoy muerto, que fuiste solo un sueño y que París sin vos no es nada, solo frío, nieve y gente triste como yo.

martes, 8 de enero de 2013

El desgraciado




Rodríguez se levantó con el sol casi rayando el mediodía. Un dolor de cabeza, sumado al hecho de haber dormido poco y fuera de horario, le producía la sensación de que dentro de su cerebro se estaba librando una batalla feroz. Hacía ya un año que trabajaba como guardia de seguridad en horario nocturno pero aún no había logrado acostumbrarse a dormir de día. El sol que se filtraba por la persiana atascada que nunca había arreglado y el ruido bullicioso del mundo en marcha lo desvelaban cuando intentaba conciliar el sueño luego de cada jornada de nocturno trabajo. No ayudaba tampoco que su mujer no tuviese la menor intención de realizar las tareas domésticas sin alboroto, aun cuando él se levantara y le pidiera silencio de las maneras más dulces hasta llegar a los extremos más furiosos, ante los que ella, sin decir palabra, suspiro de por medio, apuraba el quehacer derribando todo cuanto podía hacer estruendo, chocando con fuerza los cubiertos contra el lecho de la pileta de la cocina, rompiendo de vez en cuando algún plato por la rusticidad con que fregaba y haciendo de la escoba casi un instrumento de percusión al barrer sin cuidado, llevándose todo por delante con el palo. Ante éstas y otras muestras de desconsideración, Rodríguez se retiraba callado y vencido por los bostezos, casi arrastrando las pantuflas viejas y ennegrecidas. Ya en su cuarto, daba vueltas consiguiendo de vez en cuando conciliar por breves minutos algo de sueño, hasta que más cansado que si no hubiese dormido nada se levantaba casi sonámbulo a comer lo que hubiese de comestible en la heladera.
Ese día no era muy diferente a otros salvo por el hecho de que en la noche anterior se había enterado que sería despedido al finalizar el mes. Mientras desayunaba en la hora en que la mayoría almorzaba, se puso a pensar en su mujer. La señora Rodríguez todos los días luego de limpiar estruendosamente la casa se iba a hacer trámites y cosas pendientes, cosas que Rodríguez nunca había intentado comprender y volvía casi cerca de la hora en que él se iba hacia el trabajo. Solo ahora se preguntaba cómo es que todos los días había algo para hacer por su mujer fuera de su casa. Aniquiló una idea que intentaba asomarse en su cabeza y se puso a pensar en la tranquilidad y el silencio que reinaba a su alrededor en ese momento. ¿Por qué no podía ser así cuando el intentaba dormir? Masculló una maldición que seguramente le correspondía a su señora y solo salió de sus pensamientos cuando vio como lo miraba fijamente el loro que su mujer había traído a la casa algunos meses atrás.
Nunca le había prestado atención al animalito y ahora que lo veía bien entendía porque había sido regalado. El plumaje plomizo, descolorido y poco abundante hacía pensar en la mala alimentación y cuidado del que había sido víctima; le faltaba la cola y tenía al descubierto una cavidad oscura que en otro tiempo había albergado un ojo.
Rodríguez recordó que el nombre del loro era Valentín. Nostálgico al rememorar cuánto le gustaban de niño los animales, se decidió  a jugar un poco con el animalito. 
Se levantó y acercándose lo saludo.  
— ¡Hola!— exclamó —. Pero el animal no contesto, solo movió un poco el cuerpo sin girar la cabeza ni apartar los ojos de Rodríguez. 
— ¡Hola!—. Volvió a insistir cariñosamente, pero el animal no contestaba y en cambio seguía  en la misma postura. 
— ¡Encima no habla!— dijo escandalizado—. — ¡Que animal de mierda! 
Apenas se había sentado de nuevo en la silla cuando escuchó — ¡Señora Rodríguez! ¡Señora! ¡Béseme de nuevo!—. 
Rodríguez miro extrañado al animalito y enseguida le preguntó: 
— ¿Qué dijiste?— a lo que el ave respondió — ¡Señora Rodríguez! ¡Señora! ¡Béseme de nuevo! 
¿De dónde había sacado esa frase? Empezó a preguntarse, hasta recordar que su mujer le había dicho que el loro se lo había regalado el vecino del departamento de al lado, el tipo que siempre tenía algo contra él. Habían tenido discusiones por casi todo aquello por lo que se puede discutir y, aunque no llegaba a entender el encarnizamiento de su vecino, Rodríguez lo aceptaba y  se había hecho la costumbre de seguirle el juego. Di Santo, el vecino, siempre tenía algo con que fastidiarlo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por Valentín que seguía repitiendo la misma frase y aunque Rodríguez avanzó hasta el animal decidido a bajarlo de su pedestal de un golpe, se detuvo en cambio para sentarse en una silla vieja y desvencijada. Mientras pensaba en todas las miserias de su vida, se dio cuenta de que esta era la gota que rebalsaba el vaso, ya no había honor que defender, ¿de qué serviría hacer justicia con un animal que solo repetía por fonética lo que había escuchado casi todos los días seguramente en su propia casa? En realidad estaba ya hastiado hacía tiempo de su mujer, de su trabajo esclavo y de su estúpida vida en general. Generalmente se piensa que las decisiones importantes (como quitarse la vida) se toman luego de mucho pensar y analizar, pero a Rodríguez le ocurrió de súbito. Entonces levantó la vista como buscando algo y cuando vio el cable de una plancha que su mujer le había dicho que tenía que reparar, supo que hasta ahí llegaban sus fuerzas. Se levantó, tomó el cable y lo aseguró en un gancho que en un tiempo había sostenido una maceta, sobre el umbral de la puerta ventana que daba al balcón. Hizo el nudo correspondiente en el otro extremo, acerco la vieja silla donde había estado sentado, se subió y se la colocó en el cuello. Cuando estuvo en posición se dio cuenta de que quedaba enfrentado al pedestal donde Valentín, cada tanto, seguía repitiendo la misma desafortunada frase. Entonces giró y miró hacia el horizonte celeste mientras buscaba valor para dar el paso en falso y acabar con todo eso. Se atiborro del paisaje y pisó el vacío.
Pero quiso la suerte que cuando Rodríguez dio el paso decisivo y se dejó caer de la silla, la soga se estiro y lo dejo casi arañando el suelo con las puntas de los pies a la vez que hizo girar su cuerpo, dejándolo frente a frente con Valentín. La posición de la soga en su cuello no le dejaba respirar bien, pero tampoco lo asfixiaba ni le permitía desatar el nudo. Por lo que Rodríguez quedo a medio morir lentamente sin poder escapar de su torpe trampa, mientras Valentín lo miraba fijamente sin girar la cabeza, moviendo su cuerpo de un lado a otro como si se tratase de un baile, mientras repetía una y otra vez:
— ¡Señora Rodríguez! ¡Señora! ¡Béseme de nuevo! ¡Antes de que vuelva su marido!