miércoles, 20 de marzo de 2013

Veneno


Ya es casi mediodía y hace rato que el desayuno quedo atrás. Sábado y levantarse tarde, lo más tarde que se pueda. Aferrarse a la cama para intentar robarle unas horas más, o aunque sea unos minutos más de sueño. Pero el calor y levantarse y haber desayunado y son casi las doce y Martín que no llega. No entiendo cómo no se lo toma en serio como yo; después de todo fabricar veneno no es una cuestión menor. Hay que acertar la fórmula y en eso Martín es infalible. En la escuela es el primero que levanta la mano cuando la maestra pregunta algo e inmediatamente viene el golpecito en la cabeza para recordarle que lo considero un traga en esos momentos. Él se ríe y me susurra después de contestar correctamente otra vez:
— ¿Qué querés? No tengo culpa de que me guste leer tanto.
A veces pienso que soy un poco cruel con él. Pero me molesta que no se acople a mi mundo, que prefiera leer un libro cuando yo quiero tirarle papeles a las chicas o que en vez de trepar a un árbol  o jugar a la pelota se quede adentro mirando una película de ciencia ficción (que me gustan, ojo, pero en una tarde soleada lo considero una pérdida de tiempo). Por eso me enoja que no venga, porque una vez que me promete hacer algo que a mí me divierte y se borre, me parece una traición, una falta demasiado grave. Sobre todo cuando la vez pasada estuvimos tan cerca de pegar la fórmula.
Nuestros sujetos de laboratorio son las hormigas, o alguna abeja desprevenida que se esté ahogando en la pileta. Pero sobre todo las hormigas, las rojas, que son una calamidad. Es que uno anda descalzo, sin prestar atención y mete el pie en un hormiguero, les destruye la casa a las Rojitas y claro, sobreviene la venganza y lo pican a uno que le queda la pata roja y llena de ronchas que arden. Por eso ellas son las preferidas, porque un poco nos vengamos de sus ataques y probamos el veneno en ellas. 
Y ahora tengo que proceder solo, porque Martín no vino y él sabe cuál es la fórmula correcta luego del fracaso anterior. Juntar todo y empezar a mezclar; café, yerba, detergente, una pizca de lavandina  y algo de alcohol (que tuve que sacar con cuidado para que mamá no me retara). Fabricar el veneno más potente que se pueda con las cosas  que había a mano en la casa. Entonces probarlo primero en una de las hormigas, para saber que poder tiene el veneno casero,  y ver que al principio parece resultar porque la hormiga se retuerce un poco sobre la tierra y yo me río pero luego se me termina la sonrisa porque las hormigas no son como nosotros, no se rinden tan fácilmente.
Ellas se burlan de mis inventos torpes de humano y salen, enfangadas de mi veneno, pero salen, de la viscosidad de mi inerte veneno y se van a toda prisa por el pasto a refugiarse sin darse cuenta que han ganado. De que le ganaron a ese nene de siete años que sigue riendo pero de bronca, al borde del llanto, porque se equivocó la fórmula, porque Martín la sabía bien y no está  porque seguro falto más alcohol, mas alcohol y más café, porque la formula está mal y hay que comenzar de nuevo al día siguiente.





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