jueves, 26 de septiembre de 2013

El visitante (1ª parte)








Lunes 13 de septiembre


 La costumbre de escribir se me pegó como la tierra se pega a las cosas estáticas. Eso me da a pensar  que de alguna manera mi vida se volvió estática, reseca, infértil. En verdad no tengo argumentos para justificar mi exilio. Los desamores, los problemas económicos, largas batallas contra una enfermedad nerviosa y el inevitable fantasma de la soledad son solo excusas, pequeñas excusas que no podrían engañar a nadie.
 Hace más de un año que me mudé a esta tranquila cabaña en el medio del monte misionero, hastiado de la vida en la ciudad, de las preocupaciones sociales y sobretodo de la rutina, esa imbécil con cara de satisfacción. Y desde que llegue no hice prácticamente otra cosa que escribir en este pequeño diario. Pero esta no es otra anotación más, otra reflexión sobre la vida o sobre la muerte, otro intento por decirme algo desde otro lugar. Escribo esto porque algo fuera de lo común sucedió hoy.
 El día empezó normalmente. Estuve toda la mañana cortando leña mientras oía el murmullo del monte, el coro de los animales que acechan en su profundidad, ocupados también en sobrevivir. Hacia el mediodía el calor mermo la calidad de mi trabajo por lo que me refresque y entre a mi cabaña.
 Sentado en la única silla que tengo y que ademas esta desvencijada, mientras bebía una cerveza, miré por la ventana. A través del vidrio sucio, hacia el fondo de mi terreno, lo vi por primera vez. Parecía ser una persona de talla media, parada al borde del monte, en el límite que mi capacidad de parquista había demarcado como fin del terreno. Hay unos quinientos metros entre mi ventana y el comienzo del monte.
 La figura apareció justo ahí, en el límite.
 Di vueltas y vueltas pero no me atreví a abrir la puerta. Eso significaba aceptar que había visto a esa figura, tener que acercarme o llamarla , concretar una visita que yo no esperaba, en fin, nada que me satisficiera de lleno.
 Tendí mi vieja y roída hamaca frente a la ventana. 
 La noche se presta a los sueños. El calor y la humedad de este lugar pueden frustrar fácilmente cualquier plan que uno quiera seguir. Los ojos se me cierran, hay un vaho a tragedia en el aire pero es dulce, embriagador, debo resistir, debo esperar al amanecer para sentirme seguro, para dormir un poco…
 La figura no se mueve del lugar donde la vi por primera vez.

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