miércoles, 11 de julio de 2012

Crisis del Escritor


Y un buen día le sucede. No lo puede creer pero le sucede. Lo lamenta ¡no! peor; lo odia, lo detesta. Cada palabra es una cuchillada en lo hondo y algo como sangre que lo empieza a hastiar. Pero igual le sucede, aunque no le guste le sucede, no hay escapatoria. Se hartó de escribir.
No puede ser indolente, le cuesta respirar, pero ni las palabras ni los dichos ni el desahogo, valga la redundancia, lo desahogan. No quiere escribir más, se aleja de las historias y la poesía y toda esa mierda como se aleja la esperanza de su corazón. ¿Y qué es lo que queda?
Nada. 
Como Kafka sabía muy bien, los escritores somos literatur. Todo (un todo enorme, amorfo, grotesco) lo demás es ficción, la vida es ficción. 
¿Cómo no desesperarse cuando lo único en lo que creemos se nos derrite, se nos desarma como un ídolo de barro? 
Pero igual le sucede y estas palabras no lo salvan de nada.


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